jueves, 23 de octubre de 2008

LAS HEREJÍAS DEL PENSAMIENTO I



Por: Carlos Masías Vergara
Profesor Adscrito al Departamento de
Ciencias Teológicas


En el ámbito de la vida cotidiana, pensar no está de moda, quizá nunca lo estuvo, pero de eso no puedo dar razón. Desde la edad vivida sólo puedo dar razón de haber escuchado innumerable veces aquello de: “no lo pienses, diviértete”, o “deja de estar pensando y ponte a hacer algo”.

Pareciera que pensar es una actividad estorbosa, y que hay que evitar, salvo que tenga algún resultado útil. De esta manera, el pensamiento válido es el que da alguna solución al mundo: produce dinero o cura una enfermedad (que a la larga producirá dinero). Otro tipo de pensamiento es improductivo y por ende una pérdida de tiempo.

Sobre la existencia de Dios y la inmortalidad del alma y su destino guardamos un silencio kantiano, y si alguna vez nos asalta una duda sobre estos temas siempre podremos llamar a Jossie. Por esta vía, pensamiento y ciencia se han equiparado. Pensar seriamente es hacer ciencia experimental.

Así lo ha recordado S.S. Benedicto XVI: «Se ha verificado un deslizamiento desde un pensamiento preferentemente especulativo a uno mayormente experimental. La búsqueda se ha dirigido sobre todo a la observación de la naturaleza en el intento de descubrir sus secretos. El deseo de conocer la naturaleza se ha transformado en la voluntad de reproducirla» (Discurso por el X Aniversario de la Encíclica Fides et Ratio, 16-X-2008).

El origen de esta desviación se puede encontrar en algunas “herejías”. Entiendo por “herejía” el amor a una verdad reducida, constreñida al espacio de la intelección individual. El hereje es aquel que ama su verdad por encima de la verdad. La filosofía ha tenido también sus herejías; gentes que, asombradas por el descubrimiento de alguna verdad, llegan a negar el resto de verdades.

Allí está, por ejemplo, el escéptico que maravillado por la inmensidad del cosmos, niega que este pueda caber en la mente humana. Algo tan grande no puede caber dentro de algo tan pequeño como es la cabeza humana. «Hay que ser humildes –dice el escéptico- y reconocer que nada podemos conocer, que la verdad del cosmos excede nuestra capacidad intelectual».

El portento del universo no puede menos que mover a la virtud al escéptico, y se hace humilde; pero su humildad deja de ser virtud y se convierte en un vicio. Porque todo pensamiento que detenga el pensamiento es un pensamiento herético, es un pensamiento suicida y, como aconsejaba Chesterton, tiene que ser detenido. Porque si no se detiene ese pensamiento, se detiene el pensar.

Allí tenemos también al determinista, que asombrado de la precisión de algunas leyes de la naturaleza, quiere entender al hombre también en ese sentido, negando así la libertad humana. El determinista es un hereje que consterna, porque nunca sabremos qué tan agradecidos debemos estar de que comparta con nosotros su conocimiento; porque no sabemos hasta que punto actúa como hijo de su verdad.

Toda herejía del pensamiento supone un voto de pobreza intelectual, el cual es siempre improcedente. Hace 10 años, el entonces Papa Juan Pablo II lo recordaba en su Encíclica Fides et Ratio: «La lección de la historia del milenio que estamos concluyendo testimonia que éste es el camino a seguir: es preciso no perder la pasión por la verdad última y el anhelo por su búsqueda, junto con la audacia de descubrir nuevos rumbos.

La fe mueve a la razón a salir de todo aislamiento y a apostar de buen grado por lo que es bello, bueno y verdadero. Así, la fe se hace abogada convencida y convincente de la razón» (n. 56).